SUPERSTAR: Una apuesta musical y teatral en la región.
El show SUPERSTAR presentó una novedosa interpretación del clásico Jesucristo Superestrella, obra de los históricos compositores Andrew Lloyd Webber (música) y Tim Rice (letras). A finales de los años 60 ambos se unieron para crear esta pieza, cuya primera grabación profesional data de 1970, con figuras como Ian Gillan, Murray Head e Yvonne Elliman. Posteriormente, pasó de álbum conceptual a película en 1973, con Ted Neeley, Carl Anderson (quien más tarde competiría en el Festival de Viña del Mar) e Yvonne Elliman, quien repitió su papel de María Magdalena. Esta versión es la más conocida, junto con la célebre adaptación en español protagonizada por Camilo Sesto, Ángela Carrasco y Teddy Bautista. La historia relata los últimos días de Jesús según los evangelios.
Adaptar esta obra es un desafío titánico: requiere una puesta en escena sólida, múltiples intérpretes que se van incorporando a medida que avanza la obra, una musicalización precisa y un enfoque capaz de transmitir emociones como amor, envidia, sacrificio y dolor.
La versión local fue destacable. Con una banda en vivo que sonó bien —aunque en algunos pasajes faltó mayor potencia y crudeza, propias de la versión original— los músicos lograron suplir con precisión la reducción de recursos.
Los solistas estuvieron impecables: Jesús, Judas, María Magdalena, Herodes, Pilatos, Simón y Pedro brillaron con interpretaciones convincentes de sus personajes. El coro y los bailarines complementaron de manera efectiva a los protagonistas, aportando dinamismo y fuerza escénica.
El vestuario también cumplió un rol importante, ya que esta propuesta se inclinó hacia una versión más distópica, cercana a la adaptación del año 2000 con Glenn Carter como Jesús. Allí se buscaba modernizar la mirada: un Judas más rockero, un Herodes como manager de cabaret, entre otros. La puesta local se acercó a esa estética, incluso con tintes post-apocalípticos en ciertos momentos.
El único aspecto para mi un poco criticable fue la elección de la versión en inglés. Aunque se anunció que seria esta versión y que habría subtítulos, problemas técnicos impidieron proyectarlos. Personalmente, hubiese preferido una versión en español, que habría generado mayor cercanía con el público. Como fanático de esta obra —he escuchado incluso las versiones japonesa y coreana— me habría encantado disfrutar la adaptación en español en el Centenario.
En lo técnico, además del problema de subtítulos, hubo algunos detalles menores que no afectaron la experiencia global. Escuchar esta obra completa en la ciudad fue un privilegio.
Sin dudas, este montaje demuestra que con talento local, ganas y algunos recursos es posible levantar un espectáculo de primer nivel, digno de ser exportado a otras regiones del país.

























